Sonidos y silencios – Mensajes contradictorios / Por Ruben Olivera

En su parodia de la canción “La muralla”*  Leo Maslíah dice:

“Tun tun. -¿Quién es?

- No sé… es un tipo que viene con un acorde medio raro, no sé qué hacer, si dejarlo entrar o no.

-Y bueno, hacele un test. Preguntale por ejemplo si él entre una cosa buena y una cosa mala cuál elegiría, si la cosa buena o la cosa mala. Si te dice la cosa mala no lo dejes entrar porque no está de nuestro lado, pero si te dice la cosa buena dejalo entrar porque evidentemente es un compañero”.

Para muchos grupos de izquierda el mismo valor de este test lo tuvo en alguna época el carné de afiliado, o la simple pertenencia al grupo. En tiempos de pre-dictadura me causaba cierta desazón ver que un vecino pachequista era el más solidario de la cuadra, mientras otro que manifestaba bellos conceptos de izquierda, era el más egoísta. Parece que una persona – y una sociedad –  no cambia cuando va modificando solamente su pensamiento y su correspondiente expresión verbal, sino cuando modifica también sus prácticas y sentires. Vieja aspiración la de una persona íntegra que hace lo que piensa y siente lo que dice. Esto va en contra del tradicional concepto que la izquierda nombraba como “toma de conciencia”: un único momento de “revelación”, el mero descubrimiento de la explotación económica. Y deja paso a esa “toma de conciencia” entendida como un proceso, complejo, contradictorio, multidimensional, no lineal,  colectivo. Es casi la progresiva “toma del inconciente”, para evitar repetir patrones incorporados como verdades.

Nadie es solamente lo que dice o piensa ser. Muchos artistas de lenguaje progresista hacen arte conservador. Y cuidado cuando las personas en el poder, ante la falta de elaboración en ciertos temas, transforman sus “gustos” o sus miedos en conceptos. La revolución soviética instauró el realismo socialista y en algún momento en Cuba se llegó a prohibir a Los Beatles. Todo parece más inasible cuando nos metemos con el sentir, con las emociones, con los gustos estéticos, sobre los que no habría “nada escrito” por ser “subjetivos” -aun estando en la época en que más abundan los estudios culturales sobre la formación del “gusto”-. Desde la izquierda generalmente se oscila entre el elitismo – “la gente necesita…” – y el populismo – “la gente pide…” -. Y el elitismo suele estar teñido de eurocentrismo. Coriún Aharonián ha señalado algunas de estas  experiencias en Latinoamérica. 1. Jóvenes violinistas cubanos fueron solidariamente a Chiapas, Méjico, para enseñar a “tocar bien” a los músicos del lugar de acuerdo a la escuela soviética. Pero en realidad provocan una marcha atrás, ya que los indígenas adaptaron durante siglos las técnicas clásicas del violín a sus músicas populares como forma de resistencia. 2. En San Ignacio de Moxos, Amazonia boliviana, en nombre de la música y la salvación de los indios de la pobreza, se ha formado una orquesta y escuela con cientos de jóvenes indígenas. Se intenta reproducir la experiencia de las misiones jesuíticas, o sea, sustituir el genocido físico por el cultural enseñando a tocar flauta dulce Yamaha en vez de quena.

¿Y los músicos populares? A partir de los años sesenta se buscaron en América Latina  nuevos caminos de lenguaje. Uno de ellos dio respuesta a los gustos de la clase media ilustrada en su progresiva incorporación al pensamiento de izquierda. El temor al barro, a lo “terraja”, a lo grotesco, a lo “reo”, llevaría a pausterizar estéticas populares. “Te cambiaron la pinta allá en Europa” ** canta Carlos Gardel, refiriéndose al proceso “civilizatorio” de ese tango que sería aceptado por la intelectualidad argentina sólo después de limar sus aristas filosas para recibir el aval europeo a comienzos del siglo XX. Por esta vía “culterana” grupos como “Las voces blancas” (de significativo título) toman las zambas de Atahualpa Yupanqui para armonizarlas a cuatro voces y, con emisión de voz lírica camarística, darles aires de madrigal renacentista. Y hasta se la puede encontrar en Alfredo Zitarrosa cuando deja que un arreglador argentino tome su estupenda versión de “Milonga del solitario” y, mientras en la escena principal se escucha a un criollo que nos ofrece su profunda filosofía campera, en el fondo del escenario se agrega una orquesta de “cuarenta profesores” de frac que hacen languidecer sus violines vivaldianos. Si uno se sustrae a la poderosa voz de don Alfredo, hay un anacronismo en la información, como cuando el sonidista de un canal de televisión pone de cortina una balada de Phil Collins en la domas del Prado, mientras un jinete corcovea sobre su potro. O cuando los cubanos difundieron la voz de Fidel Castro leyendo la carta del Che ante su partida de Cuba sonorizándola con un piano a lo Richard Clayderman para “dramatizar” el mensaje. El resultado: mensaje revolucionario “a la Walt Disney”.

Con otros matices, también es ilustrativo el proceso de incorporación de la murga y sus contenidos estéticos a la canción popular. En dictadura se fue dando una paradójica contradicción. Mientras las murgas que algunos llamaron “pueblo” o “compañeras” iban realizando variaciones en el sonido (dicción más clara, mayor vibrato en el canto, etcétera) y volcando sus textos a la permanente denuncia política, las murgas llamadas “históricas” o “murgas-murgas”, asociadas con la “derecha”, eran las que mantenían la estética “rea” del sonido tradicional. Incluso el masivo éxito de la canción “Brindis por Pierrot” provino de la opción de Jaime Roos por utilizar la voz solista de Washington “Canario” Luna, emblema de esa emisión de voz histórica. Roos explica: “…he tenido la arrogancia de decir que “Brindis por Pierrot” es una de las canciones más comprometidas con la gente humilde que se han grabado en años. No por lo que pueda decir la letra. Lo que importa es que la canta el “Canario” Luna. (…) Creo que elegir ese sonido implica una toma de posición. Y, desde el punto de vista estrictamente estético, es el sonido más comprometido con el pueblo que uno pueda imaginar (…) y trasmite un mensaje neto”.

Así que, si ante la pregunta masliahna respondemos “la cosa buena”, quizás igual habría que pensarlo un poco antes de abrirnos la muralla.


* De Nicolás Guillén-Quilapayún

** “Tango, te cambiaron la pinta” (Tabanillo-Richard/Russo)



carlos   |  Programas   |  01 28th, 2011    | 

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